quarta-feira, outubro 03, 2018

"De bicis y de chicas" - Elías Moro (fotos de Artur Lourenço Lisbon Cycling)


De bicis y de chicas


Para Antón Castro,
poeta y ciclista, “cosecha” también del 59.


Para ser sincero, tengo que comenzar diciendo que mi trato con las bicicletas nunca ha sido de íntima amistad. Tal vez porque de crío nunca fui propietario de ninguna y tuve que aprender a montar en una ajena, de color túnica de obispo y con guardabarros, timbre y un faro medio ciego con el borde cromado. Una bici de chico, por supuesto, faltaría más; las de chica, que se diferenciaban de las nuestras en que les faltaba la barra horizontal que hermana manillar y sillín, solían llevar también una cestita de mimbre o tela y estar pintadas en colores, digamos, poco varoniles (rosa chicle, verde pastel, amarillo chillón, lila damisela…), eran, pues eso, de chicas, o de “lilas”; en todo caso, no aptas para que machotes como nosotros fuéramos vistos pedaleando alegremente encima de cualquiera de ellas bajo ninguna circunstancia. 
Los chaveas del barrio las alquilábamos por horas en el negocio que un listillo tenía montado medio de extranjis, en plan clandestino, en el patio de atrás de su casa. O eso creía él. Porque allí todo el mundo sabía que el trapicheo que se traía el espabilado aquel con las bicis mercenarias no era más que una tapadera para otros asuntos de más enjundia y beneficio. Todos, faltaría más, tipificados más que de sobra en el Código Penal.
Mi escasez de trato con las bicis acaso provenga de una aciaga tarde de domingo en que tuve la brillante idea de gastarme la mayor parte de mi paga semanal alquilando la que más me gustaba para darme un garbeo extramuros del barrio a mi aire, en plan chulillo. Dos horas de pedaleo para mí solito, sin compinches pedigüeños dando la tabarra alrededor como moscones. Gloria bendita, pensaba yo. Pero ya, ya. No, si bien dice el refrán que a perro flaco todos se le vuelven pulgas y que la avaricia… ya se sabe. Bueno, a lo que íbamos, que se me calienta la lengua y la lío. Llevaría unos diez minutos dándole a los pedales como gregario en contrarreloj, igual que rodador en solitaria escapada, tal que velocista olfateando el esprín y el triunfo de etapa, cuando me interné en una zona poco explorada aún por nosotros. Al no conocer bien el terreno, salí a toda pastilla de unas curvas que parecían un sacacorchos y, casi sin darme cuenta, me encontré por sorpresa con una pronunciada y cabrona pendiente abajo que según me deslizaba por ella más cabrona se volvía. Claro, que al que tuviera que enfrentarla hacia arriba tirando de riñones no le arriendo tampoco las ganancias.
Cuando eché mano de los frenos para intentar evitar el desastre que se veía venir, resultó que ellos también sabían que era domingo y estaban de fiesta por ahí; quiero decir, que no estaban en absoluto. Y lo peor es que ya no había vuelta atrás que valiera. Podría haber intentado desmontar a la carrera y que la bici se las apañara sola con la cuestecita de los huevos, pero me acojoné, lo confieso: semejante acrobacia se la había visto hacer cientos de veces a mis amigos con una naturalidad sorprendente pero yo, que queréis que os diga, nunca me atreví con ella. Cobardón y torpe que es uno.
El caso es que ante su descortés falta de respuesta a mis múltiples, y ya cercanos al histerismo, requerimientos, intenté frenar a la desesperada con la también temeraria maniobra de introducir el zapato entre el cuadro y la rueda trasera tal y como hacíamos otras veces sin pensar ni por un momento en el peligro que suponía; más que nada, porque te podías joder el pie en lo que chasqueas los dedos o te sorbes los mocos. El recurso de urgencia no funcionó ni de coña: con la suela del zapato echando humo como un tubo de escape acabé estrellándome de frente y a toda leche contra un bordillo. La montura, como era de esperar, se resintió malamente y, como si producto del rabioso tropezón se hubiera convertido de repente en alazán salvaje en un rodeo, me descabalgó sin miramientos ni respeto alguno por encima del manillar. Me pegué un batacazo morrocotudo contra la valla de chapa de un almacén (y había sus buenos tres o cuatro metros entre uno y otra, entre bordillo y valla, distancia que atravesé volando en décimas de segundo) que para qué os cuento. Lo que sí voy a relataros son los detalles, harto desagradables, os lo aviso, de la zurra que me propinó mi madre en cuanto me vio entrar por la puerta con la camisa de salir y el pantalón (nuevecito, de tergal azul, no se me olvidará nunca) hechos unos zorros y medio descalzo, o sea, con un solo zapato. Cómo iría de hecho polvo, que de este último detalle os juro que no me di ni cuenta hasta llegar a casa. Yo creo que tuve hasta conmoción cerebral con pérdida temporal de la memoria.
A mi madre no le ablandó ni un poquito mi aspecto sanguinolento, como de chuletón poco hecho, gracias a una hermosa brecha en la cabeza, un ojo a la funerala, el brazo izquierdo desollado desde la muñeca hasta los aledaños del codo, las rodillas a la miseria, y así como ausente: parecía un ecce homo. Quien me viera por la calle con esa pinta pensaría que en un descuido del sacristán el cristo de la parroquia se había descolgado de la cruz por su cuenta y riesgo con ganas de darse un garbeo y haciendo de paso un milagro que otro para no perder el hábito. Pero fue llegar a casa y de milagros nada de nada. Es más, mi madre ya estaba sobre aviso acerca del origen de mi penosa facha (las malas noticias vuelan) y, vestida con su traje de combate (bambo de flores, zapatilla en la mano, palo de escoba cerquita por si acaso…), presta a tomar medidas punitivas. Como le gustaban las cosas por orden y era gente de costumbres, la autora de mis días no se anduvo con pamplinas ni rodeos: sin darme ocasión para abrir la boca y soltarle alguna milonga mínimamente creíble con vistas a aplacar su segura furia justiciera, aplicó de inmediato sobre mi maltrecha anatomía su habitual correctivo ante mis también frecuentes desmanes, voluntarios o no: primero me sacudió la badana a modo, que parecía que quisiera rematarme de cómo me atizaba (como si se arrepintiera de haber parido semejante incordio), y luego, ya más tranquila y relajada, empezó con las preguntas pertinentes al caso aunque de vez en cuando todavía se le escapaba algún guantazo en el cogote durante el proceso de interrogatorio (que digo yo que para qué tanta pregunta si ya sabía la respuesta de boca de las cotillas. Y seguro que con algún “adorno” de más), me limpió un poco el estropicio sangriento antes de castigarme a la cama sin cenar, sin paga durante tres meses como mínimo (yo creo que tasó al vuelo el coste de pantalón y camisa mientras me lustraba el pellejo) y, como postre, lanzarme la manida amenaza de “ya verás cuando venga tu padre y se lo cuente”. Pues vale, mama. Para cenitas estaba yo después del percance mecánico y la tunda, no te digo. Por cierto, que mi padre, después del chivatazo materno con exhaustivo despliegue de pruebas incluido (la camisa, el pantalón, el zapato viudo…), pasó ampliamente del tema. Menos mal y ole por él. Porque el cabeza de familia sacudía muy raramente, que vendría cansado del tajo el hombre, pero cuando lo hacía, uf, válganme la Macarena, la Pilarica y la Blanca Paloma juntitas y en amor y compaña. Un respeto con el viejo cuando sacaba la mano a pasear y atinaba en carne. De pronóstico reservado para arriba.
¡Qué trauma, tú! No os digo más que tuve que dejar de seguir la Vuelta y el Tour por la tele porque era ver una bici y, cual perro de Plavlov con el reflejo bien condicionado, empezaba a bizquear producto de las migrañas.
Todo esto después de devolverle la bici al dueño, al que se le puso la cara como un traje de arlequín (parecía una sepia en celo cambiando de color a cada instante) cuando vio el lamentable aspecto del velocípedo: la rueda delantera como un tirabuzón, el manillar y los radios al bies, el faro colgando y hecho añicos, sin pedales, la cadena arrastrando por el suelo… Talmente una escultura cubista salida del caletre de un sujeto que no estuviera en sus cabales: lo único que medio funcionaba era el timbre. Siniestro total, que dicen los de los seguros. ¡Qué cabreo se cogió el tío cuando vio el estado de la bicicleta! ¡Pues ni que fuera la del Eddy Merckx, no te jode! Y tampoco me parece a mí que fuera para tanto escándalo. Un accidente lo tiene cualquiera, ¿no?
Al barruntar el cariz que podía tomar el asunto de ahí en adelante (los cambios de color del careto del fulano eran ya como de fuegos artificiales en feria pueblerina el día grande), me faltó tiempo para cortar en seco las explicaciones, soltarle la chatarra de mala manera en la puerta del patio y salir a escape mientras aquella fiera corrupia descargaba sobre mí y mi árbol genealógico al completo toda la sarta de barbaridades que se le venían a la boca del tirón: de hijoputa para arriba pensad las que queráis y acierto seguro. Arrancó a correr tras de mí con una mala leche que daba miedo. Afortunadamente, como el tipo era rengo de los de zapatón de un palmo y esprintando daba poco de sí ya que el engorro del artefacto pedicular le lastraba más de lo que hubiera deseado en ese preciso momento, desistió al poco de la persecución y lo dejé atrás en un santiamén. Porque si me llega a entallar me desloma allí mismo con la cadena del trasto aquel, eso seguro. Cuando miré hacia atrás sin aflojar la velocidad de las zancadas lo vi con la bisagra doblada, las manos en las rodillas y resollando congestionado como un fuelle de chimenea con un ataque de asma.
Algún tiempo después, cuando me pareció que la cosa se había enfriado lo suficiente y mi madre reinstauró la paga, volví a intentarlo, pero el cojo, que de pies no andaría sobrado pero tenía memoria de elefante y era un tanto rencoroso, se negó en redondo a alquilarme otra bici nunca más. En el breve tiempo que estuve por allí no vi mi favorita colgada de su gancho en la pared. Imagino que no hubo manera de arreglarla y la desguazaría para repuestos. Espero que no hiciera también algún apaño chapucero con los frenos traidores, aunque no me extrañaría ni un pelo dada la sórdida catadura del sujeto.
Algo más tarde de todo aquello, todavía convaleciente de las lesiones, fui con mis tres compinches al lugar de los hechos para que dejaran de darme la tabarra con el suceso: 
-Aquí, aquí fue donde me pegué el hostiazo -les decía ufano con el brazo en cabestrillo, como si aquello hubiera sido una hazaña digna de estatua en la plaza mayor y no algo que, entre el accidente y mi madre, estuvo en un tris de llevarme en volandas al otro barrio por gilipollas y egoísta además de cobardón.
-Joé, tú -preguntó uno-. ¿Y hasta aquí volaste? ¿Pues a cuánto ibas, macho?
-Pues sí señor, hasta aquí, hasta aquí -confirmé yo señalando con el brazo bueno el punto exacto del topetazo (un bollo más que aparente en la valla lo confirmaba) mientras nos echábamos unas risas.
Pero no todo fue tan cutre en mi relación con los vehículos de dos ruedas, radios, cadena y pedales: también, y aunque os parezca mentira a tenor de lo dicho hasta ahora, hubo lugar para la poesía, el erotismo y la sensualidad. En un ya remoto verano, una de las ocupaciones preferidas de mi pandilla para matar el tedio era ver pasar a “la chica de la bici”. De lunes a viernes, sin faltar ni una, todas las tardes aparecía aquella diosa del ciclismo por la acera de enfrente a la nuestra unas veces montada en su bicicleta, otras caminando con parsimonia junto a ella. Los fines de semana, libraba. ¿De dónde había salido semejante belleza? ¿Por qué sólo aparecía las tardes laborables? ¿En qué afortunado lugar se metía por las mañanas y los sábados y domingos? ¿De dónde venía o hacia dónde iba semejante belleza dejando a su paso aquella estela casi física de sensualidad y deseo? Ni puta idea. Lo extraño, lo he pensado muchas veces desde entonces, es que en una de esas no se nos ocurriera seguirla con lo cotillas y puñeteros que éramos. Pero así fue: juro con una mano encima del Decamerón y la otra en el Kamasutra que nunca la seguimos. Por estas. Eso sí, no le quitábamos ojo desde que doblaba la esquina por la que aparecía hasta la otra, distante apenas treinta o cuarenta metros, por donde se esfumaba hasta el día siguiente. O hasta el lunes, si acaso era viernes. Durante el breve tiempo que duraba el paseíllo de la bella misteriosa frente a nuestro asombro, nos resultaba imposible quitarle la vista de encima a tan sublime aparición. Ella ni nos miraba, claro, pero esto es de comprender; si yo hubiera estado en su lugar, desde luego no hubiera perdido ni un segundo en posar la mirada sobre la cuadrilla de ganapanes que formábamos: cuatro imberbes en pantalón corto agachados en cuclillas comiendo pipas o mascando chicle con la boca abierta; o sentados en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos como platos. Estábamos como hechizados, coño: parecíamos marionetas de cartón piedra en el descanso de la función de un titiritero loco.
La chica, que como en el clásico chiste de la disputa y el viejo medio sordo ya no lo era tanto (nos sacaría sus buenos seis o siete añitos, lapso de tiempo que a esa edad entre la adolescencia y la juventud son todo un mundo por explorar, una trinchera casi insalvable, un acantilado cabrón como campo de minas), nos tenía en un sinvivir, cada uno con su particular condena a cuestas: si a uno le gustaba su culo (no el trasero ni los glúteos, no, que eso no son más que pamplinas y cursilerías modernas, sino el culo culo de toda la vida), el otro bebía los vientos por sus labios de mora o fresa; si el otro se quedaba atontado fijándole las tetas en su punto de mira como un francotirador que no tiene ojos para nada más, el uno se embelesaba con la finura y elegancia de las manos; si este bizqueaba mirándole el doble y dulcísimo tobogán de las piernas, el que aspiraba a poeta todavía sin saberlo no paraba de dar bombo al ámbar dulce de sus ojos y el embrujo de su mirada, sus elegantes y sinuosos movimientos de gacela o el temblor de seda y oro de sus cabellos a merced de las cambiantes y embriagadoras luces del crepúsculo. El poetilla en ciernes un día hasta le escribió (bueno, la verdad es que lo copió de un libro del cole pero le quedó fetén) un poema de lo más cursi con la secreta esperanza de atreverse a dárselo algún día. De un tal Darío, creo recordar, aunque no pondría la mano en el fuego por el dato exacto. ¿Será por poetas cursis? No hubo tal porque tan solo de pensar que para dárselo tendría que acercarse a ella ante la mirada zumbona de los demás y el pasmo, o la sorna, de la muchacha, le entraba una flojera en las tripas y las piernas hasta extremos difícilmente imaginables. Dejando aparte, claro, que si los colegas llegan a enterarse de lo del poema les hacen picadillo a los dos allí mismo: a él y al poema. Pues anda que no eran cazurros el Tasio, el Anacleto y el Manolo. Bueno, y aquí entre nosotros, guardadme el secreto, yo también, pero tampoco voy a ir por ahí tirando piedras contra mi tejado ni dándole tres cuartos al pregonero. Los versillos plagiados acabaron pudriéndose en el bolsillo del pantalón corto perdidos entre canicas, chapas, munición para el tirachinas, plumas de verderón o jilguero, el zumo churretoso de alguna golosina hecha papilla…
Ignoro si desde entonces el resto de la panda se habrá ido de la lengua en algún momento, aunque espero que no porque los pactos son para cumplirlos, pero lo que es yo no pienso contar aquí, que hay niños despiertos, las maniobras orquestales en la oscuridad con las que me solazaba a diario en cuanto le echaba el pestillo a la puerta del servicio y me ponía a imaginar cositas ricas con la solitaria rodadora encima del sillín. Esto ya os lo podéis imaginar vosotros solitos. Pero que conste en acta que yo no lo he dicho. Entre nosotros sí que nos contábamos con todo tipo de detalles, con pelos y señales, los pecados contra la carne que cometíamos a diario. Y no sólo pensando en ella, aunque justo es reconocer que se llevaba la palma ya que era la que teníamos más “a mano”: en el saco de Onán entraban también en revoltillo, sobre todo los fines de semana, actrices, cantantes, esa joven amiga de nuestras madres o hermanas, profesoras del cole, alguna monjita de las de la guardería de los mocosetes… Cuando nos poníamos con el tema no se nos escapaba ni una.
Lo más curioso de todo es que antes de aquel verano a la chica de la bici no la habíamos visto jamás por el barrio. Ni volvimos a verla después nunca más, sola o acompañada, con o sin la bici, fuera verano o invierno. Simplemente se esfumó: un día no apareció como de costumbre y hasta ahora. Por no saber, no sabíamos ni cómo se llamaba. Su efímera y turbadora presencia en nuestras vidas fue como un súbito fogonazo para espabilarnos las hormonas y sacudirnos la estival modorra que penábamos como galeotes.
Aquella chica, estoy convencido, tenía algo especial que nos impedía comportarnos hacia ella con las habituales desvergüenza y burricie con las que acosábamos a las demás muchachas del barrio. Como si fuera un puerto de primera categoría inalcanzable para ciclistas aficionados.
Con deciros que ni siquiera nos atrevimos nunca ni a silbarla.

(De Álbum de sombras, Eolas Ediciones, 2017)





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